Lela

Author: Michelle /

Ayer tuve la posibilidad de poder sentarme a hablar, por unas cuantas horas, con mi bis-abuela de 93 años. Estuvimos ahí en el sillón, repasando vida, recordando historias. Ella me contaba muchas cosas, a veces con una sonrisa, a veces con sensación de nostalgia. Antes quizás me costaba un poco poder llevar a cabo una conversación con una persona mayor, pero ayer, me sentí privilegiada. Me di cuenta que estaba en presencia de una mujer que ha visto tanto. En estos últimos 10 años, claro, todo avanza tan rápido, pero estamos acostumbrados al avance, ya sea tecnológico, comunicativo, etc. ¡Pero mi bis-abuela, “Lela”, nació en el año 1918! Las transformaciones de nuestra sociedad que esta mujer ha vivido, es impresionante. Estuve en presencia de pura sabiduría, de plena vida.

Mientras ella hablaba, yo escuchaba, entre otras cosas. Observaba su piel, ya casi transparente, con arrugas que marcan absolutamente cada gesto que la cara puede hacer. Los ojitos nublados, y el pelo fino, blanco y retrocedido. La voz baja, y quizás un poco ‘crocante’, por decirlo de alguna manera. A pesar de todo esto, veía una hermosura en esta mujer. Preciosa, de hecho. Y se ahora que no tiene que ver con lo físico.

Algo que dijo me impacto. Sus palabras, su mirada, todavía resuenan en mi cabeza. Mientas repasábamos su vida, me dijo algo que nunca me voy a olvidar. “He vivido mucho”, me decía. “Me siento un poco mal, porque ahora todos me tienen que cuidar, y por ahí siento que soy una carga, pero todos me miman.” Yo le asegure que los mimos y toda la atención, la tenía bien merecida. Me sonreía. “De todos modos, yo ya estoy lista. Antes pensaba mucho en la muerte, quizás tenía hasta un poco de miedo, pero ahora, estoy lista. Yo acá he cumplido con todo lo que tenía que hacer. ¿Qué más puedo pedir? Tengo mis hijos, nietos y bis-nietos todos bien, y aman al Señor.” Mientras decía esto, me conmovió el corazón. La mirada de paz que tenía en sus ojos, no se puede comparar con nada que reconoce el premio nobel. Ella esta lista. “Quiero ver su gloria, quiero ver al Señor”, me dijo.

Mientras se me llenaban los ojos de lágrimas, le dije, que la envidiaba, por decir así. Ella se reía.

Cuando volvía a mi casa ese día, no podía dejar de pensar. Cuando yo tenga su edad, o más, o menos, quiero poder decir con la paz que ella tenía, que he cumplido mi misión; mejor todavía, he cumplido su misión. Cuando ya me cuesta caminar y mis pelos son blancos, quiero mirar a mis manos, como ella hacía, y saber, que esas arrugas, esa piel gastada, ha sido gastada para su reino, para la gloria y al servicio de Dios.

Mi descanso será en el cielo. Ahora hay mucho trabajo para hacer. La recompensa será poder escuchar esas palabras, “Bien, buen siervo y fiel; sobre poco has sido fiel, sobre mucho te pondré; entra en el gozo de tu señor.” Mi gozo la encontrare cuando este sentada en la mesa del Señor. Mi corazón descansara en presencia de miles y miles de ángeles y santos, hermanos de esta vida que también escucharon esas palabras, cantando y adorando a nuestro Papito por una eternidad. ¡Qué esperanza tenemos! Pablo dice en 1 Corintios algo que, quizás recién ahora, estoy entendiendo. En el capítulo 15, versículo 19 dice, “Si la esperanza que tenemos en Cristo fuera sólo para esta vida, seríamos los más desdichados de todos los mortales.” Me quedo con esto. Quiero dar todo. Quiero poder decir, al final de mi vida, que no me queda nada, porque todo lo di. Qué hermoso seria que los que me conocieron, me recuerdan como alguien entregada, dada y totalmente al servicio de nuestro Señor Jesucristo. Que honor seria. Este es mi profundo deseo. Como Pablo dijo, “Mi ardiente anhelo y esperanza es que en nada seré avergonzado, sino que con toda libertad, ya sea que yo viva o muera, ahora como siempre, Cristo será exaltado en mi cuerpo. Porque para mí el vivir es Cristo y el morir es ganancia.” El merece esto; discípulos entregados sin vergüenza, en total libertad, en la vida o enfrentando la muerte, que Cristo sea glorificado y exaltado en todo lo que hacemos. Si encaro el mañana, es porque El vive. Y si me muero, tengo una eternidad al lado de mi precioso Padre, mi amado Señor. Como dice mi bis-abuela, estoy lista.