A veces se me ocurre pensar que la comunicación entre seres humanos es lo más complejo y difícil que existe en la faz de esta tierra. Claro, tenemos muchos métodos para hacerlo, pero la genuina comunicación no pasa muy seguido. Eso de decir algo y que el receptor de tu mensaje entienda perfectamente lo que quisiste emitir. No, eso no pasa casi nunca, ni si quiera con las personas que más te conocen. Ni hablar de todo lo dicho cuando nadie habla, y ahí sí que hay lugar para interpretar lo que a uno le gustaría ‘escuchar’.
Me rindo.
Hoy me doy por vencida en tratar de expresar lo que realmente pasa en mi cabeza. ¿Será que yo soy el problema? ¿Será que de veras tengo una grave problema en expresarme; o que no tengo todo muy bien alienado en la cabeza? No lo sé.
Más que nunca, entiendo lo que Sócrates dijo: “Solo sé que no sé nada.”
Pero ahí está el punto. Pienso que lo entiendo, pero quizás no tiene nada que ver mi interpretación con lo que él quiso decir.
Es desesperante. Lo peor es cuando decís algo, sin querer ofender, y otra persona lo interpreta de la peor manera posible.
¿Dónde está el balance? Eso de no volverse analítico de todo, pero a la vez, tener la capacidad de pensar las cosas antes de decirlo. ¿Existe ese punto? Todavía no lo he encontrado.
Como me gustaría poder explicar gráficamente, con dibujos y bien lento tantas cosas que he dicho. Y encima existe la frase, “No aclares que oscurece.”
Ya está. No hay remedio.
A todo esto, creo que hay una pequeña luz al final del túnel. Cuando me comunico con Dios, por lo menos puedo ser yo, en mi máxima estado de confusa, sin poder decir ni una palabra, y El me entiende.
Menos mal.