Hace poco, leía un artículo sobre algunos puntos del ministerio juvenil y
hablaba de algo que me dejo muy pensativa. Decía: "Hacer la
obra de Dios no es tan importante como ser la persona de Dios." En otras palabras: "No permitás que
hacer la obra de Dios te cueste dejar de ser una persona de Dios."
(Escrito por Doug Fields)
(Escrito por Doug Fields)
Me empecé a hacer varias preguntas. ¿Soy una persona de Dios, o
simplemente estoy haciendo ‘sus obras’? ¿Las obras no son consecuencias de ser
una persona de Dios? Entonces, ¿Cómo puedo hacer obras de Dios sin ser una
persona de Dios? Esta última pregunta me mato.
Si yo no estoy viviendo mi vida como una persona de Dios, no puedo hacer
sus obras. Entonces, por consecuencia, lo que estoy haciendo no es obra de Dios,
sino, obra humana. De repente me encontré parada en el mismísimo lugar que
tanto criticaba a otras personas. Siempre me han cansado las figuras
eclesiásticas muy conocidas, esas personas que están en todos lados, y
pareciera que si les sacas a la iglesia, no tienen vida. Siempre me parecían
tan religiosos, tan superficiales. Siempre fue algo que quería evitar, a todo
costo. Lo que menos quería ser era una persona religiosa, metida en mil
actividades, sin noción de la vida real que nos rodea. Darme cuenta que estaba
cayendo en lo mismo, me dejo sin palabras. Muy rápidamente tuve que ir a pedir
perdón a Dios por criticar tanto y no hacer nada. Es tan fácil ser analítico,
ser crítico, y olvidarse de las acciones. Y a la vez, es tan fácil ser ‘pura
acción’ y nunca vivir en plenitud ni profundidad las experiencias. Tendemos a
los extremos, y la verdad es que la única manera de tener equilibrio es en
Dios.
Las palabras de Pablo a las personas de Filipos expresan de manera clara
lo que es “ser”: “Así que, mis queridos hermanos, como han obedecido siempre
—no sólo en mi presencia sino mucho más ahora en mi ausencia— lleven a cabo su
salvación con temor y temblor, pues
Dios es quien produce en ustedes tanto el querer como el hacer para que se
cumpla su buena voluntad.
Háganlo todo sin quejas ni contiendas, para que sean intachables y puros,
hijos de Dios sin culpa en medio de una generación torcida y depravada. En ella
ustedes brillan como estrellas en el firmamento, manteniendo en alto
la palabra de vida. Así en el día de Cristo me sentiré satisfecho de
no haber corrido ni trabajado en vano. Y aunque mi vida fuera derramada
sobre el sacrificio y servicio que proceden de su fe, me alegro y
comparto con todos ustedes mi alegría. Así también ustedes, alégrense y compartan
su alegría conmigo. (Filipenses 2:12-18)
Estas palabras me dejan tan tranquila al saber que si nosotros ‘somos’,
Dios hace. No tenemos que esforzar nada. El hace la obra. Nosotros simplemente
tenemos que dejarle a Él el pizarrón limpio. Si vivimos nuestra vida para El,
siendo una persona de Dios, las obras son consecuentes. La Biblia dice que se
nota quien sigue a Dios por sus frutos, pero la clave es seguirlo. Los ‘frutos’
son consecuencias de vivir una vida intachable y puro. Si mantenemos la palabra
de vida en alto, brillaremos como estrellas en el firmamento. Si vivimos con
temor y temblor (respeto) Dios es quien produce esas ganas de hacer las cosas
bien y hacer su voluntad.
Preocuparse por la actividad, por hacer las cosas bien, antes de ser una
persona íntegra, solo va a terminar siendo un vacío muy grande. No se puede dar
lo que uno no tiene. Cuando empezamos a entender que las obras son
consecuencias de una vida que vive para el Señor, empezamos a dejar que Él
trabaje en nuestra vida y que sean sus obras y no las nuestras, y esas son las
cosas que perduran en el tiempo y que pasan por la prueba de fuego. Muchos van
a decir que hicieron mil cosas para Dios, pero cuando llega el día en que
estamos frente a Él, solo las obras que fueron consecuencia de haber vivido una
vida recta son las que permanecerán.
Hacer las cosas para quedar bien, o en nuestras fuerzas, es pura religión
mi querido amigo. Y quiero decirte que esto puede parecer lindo, pero es un
globo lleno de aire caliente. Decora, da color, parece lindo, pero carece de
sustancia. Un pinchecito y revienta todo, y solo te quedan pedazos de plástico
que no sirven para nada.
Ser o no ser. Ser y después hacer. Ser…
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